




Han pasado tantos años, tantos… se supone que ya debería haberte olvidado, que ya no tendrías que existir. Pero existes. Sigues ahí, siendo mi amor eterno, después de todo lo que me hiciste, de cómo me trataste y me humillaste. Intento odiarte, me autoconvenzo de que eres lo peor que me ha pasado, que me has hundido y me has roto por dentro. Pero no puedo. He estado con otros: chicos, hombres, buenos, malos y regulares… sigues ahí. Ninguno es como tú. No me enamoran ni me hacen quererles. Aunque me entreguen su corazón, aunque me traten como a una reina,… para mi sigues siendo tú. Y por mucho que esté harta, por mucho que me esfuerze en encontrar a otro, cuanto más lo intento más profundo llegas, más arraigas en mi. ¿Cómo puedo deshacerme de ti? Quiero tirarte al mar con una piedra y alejarme libre, liviana… feliz.
– No entiendo que te pasa conmigo últimamente.– dijo Adrien, y se quedó mirándome mientras yo estaba sentada en la mesa de la cocina, con los pies descalzos sobre las baldosas del suelo. Era diciembre, y el suelo estaba muy frío, pero yo estaba demasiado concentrada mojando la galleta en la leche, sacándola una y otra vez, hasta que se rompió. Entonces le miré, y allí estaba otra vez, su mirada.
– Es que me he dado cuenta de que no sé qué hago contigo. Porque yo te quiero, de verdad que sí, pero ¿de que me sirve estar enamorada de un fantasma? Nunca estás, siempre de juerga por ahí, emborrachándote hasta acabar tirado en el portal donde te encuentro por las mañanas. Y cuando estas, ¿para qué? ¿para follar y ya está? No puedo quedarme aquí esperándote siempre, con cara de esposa del soldado. Yo no soy así, … no lo era hasta que te conocí…
– Oye, ¿pero a ti que te pasa? ¿Te ha dado una ida de olla de las tuyas?
– … no, si lo peor es que es culpa mía. Me dejé llevar. Siempre me pasa con la gente con ojos azules. Me ciegan y no me dejan ver a la persona que hay detrás. Estúpida mirada profunda…