Perfecto


"...Te mentí. No es cierto que le haya olvidado. No es cierto. A pesar de creer que ya no había nadie más, que ya no pensaba en nadie, él siempre estaba ahí, siempre. Estaba tan acostumbrada a su presencia que ni le notaba, y sin embargo sería incapaz de deshacerme de él, de olvidarle.

Siempre creí que podría olvidarle, que podría prescindir de él. Somos tan diferentes... o quizás tan parecidos... En cualquier caso, incompatibles. Pero probablemente, de haberlo intentado, seríamos perfectos. Pero nunca lo hicimos. Sería esforzarse demasiado, y quizá no valía la pena.

Siento haberte mentido, de veras. Pero me avergüenza quererle, quererle demasiado. Siempre he confiado en ti..."

Segundo


Pasó de largo, como siempre. Nunca esperé algo distinto. Jo hacia años que ni se dignaba a mirarme. Tampoco yo lo hacía. Todo cambió cuando Katie desapareció.

Katie apareció el primer día de clase, tarde, y se sentó a mi lado. Era muy guapa y parecía mucho mayor que cualquiera de nosotras, quizá por eso muchas chicas se dedicaron a odiarla. En un par de meses, Katie reunió a su alrededor un variopinto grupo de amigos. Todos veníamos de grupos diferentes, y no teníamos nada en común, excepto ella.

Conseguía llevarse sorprendentemente bien con todo el mundo, fueran mayores o más pequeños, chicos o chicas (siendo las últimas más proclives a mirarla de mala manera). Poco a poco empezamos a quedar fuera del instituto. Reíamos, jugábamos, pasábamos las tardes en las plazas de la ciudad,... nunca sacamos fotos. Nunca hicieron falta. Recuerdo perfectamente todos aquellos momentos.

Katie nos unía a todos de tal modo que te llevabas bien con gente a la que antes ni saludabas. Todos sentíamos una mezcla de pena y admiración por ella. No era una buena chica: sacaba notas bastante mediocres, solía meterse en líos y tenía siempre un par de problemas alrededor, pero tenía un magnetismo que nos mantenía pegados a ella. Nunca fue mala con nosotros. Rompió un par de corazones, pero eso siempre pasa. Sabías que siempre podías contar con ella, fuese la hora que fuese, te iria a buscar, te metería en un taxi y te llevaría a casa.

Quizá nosotras, por ser diametralmente opuestas, nos llevábamos especialmente bien, y teníamos más confianza que con el resto del grupo. Muchas veces quedábamos antes, y fue ella quien me aficionó al café.

Un buen día desapareció. Dejo de ir a clase paulatinamente, hasta que un día los profesores nos dijeron que se había desmatriculado. Nunca más supimos de ella, y el grupo fue disolviéndose poco a poco, como si ya no hubiera absolutamente nada en común, a pesar de todo lo que habíamos pasado juntos.

Ni Jo ni yo, ni ninguno del grupo, mantenemos el contacto aún. Nos vemos por los pasillos, pero bajamos la mirada, como si nos avergonzase no mantener el contacto, como si no estuviésemos haciendo lo que ella querría. Cuando alguno levantaba la vista por casualidad, se cruzaban miradas cómplices, de recordar a una persona que ninguno olvidará nunca.


A Nuria

Días de verano




Las noches de verano eran sin duda las mejores. El deambular por la calle y terminar descalzas en la playa se hacía habitual, y el calor bajo el sol se convertía en una suave brisa de noche que nos empujaba suavemente mientras bajabamos a la arena.

Solíamos ir a comer a la playa. Aireen tenía la casa de su abuela cerca y dejábamos alli la sombrilla y un taburete que hacía las veces de mesa. Lo cierto es que ninguna de las cinco tenía dotes culinarias, asi que durante el verano sobrevivíamos a base de bocatas, tortillas, croquetas y palitos de pescado (precocinados, claro). Después nos tumbábamos a echar la siesta, y cuando volvíamos a abrir los ojos, estábamos rodeadas de tanta gente que era imposible moverse. Nos bañábamos, jugábamos a las cartas, reíamos, nos sacábamos fotos,...

Cuando empezaba a ponerse el Sol, volvíamos a casa de la abuela de Aireen, dejábamos allí las cosas, y después íbamos dando un paseo hasta la casa de Caroline, una preciosa mansión colonial blanca, con los marcos y el tejado de color azul. Cenábamos en el porche trasero, en la mesa de madera de haya, sentadas en el balancín y en las sillas de mimbre. Amanda y Caroline tenía por costumbre subir los pies a la silla, dejando las sandalias en el suelo, algo que todas terminamos por imitar.

Al terminar de cenar, llevábamos los platos al fregadero, y subíamos las escaleras que desde la cocina, en un rincón, ascendían al piso de arriba. Nos lavábamos los dientes (en verano el tarro de los cepillos de dientes tenía 4 ocupantes más) y nos preparábamos para salir entre la habitación de Caroline, hurgando en su enorme vestidor que llevaba acumulando ropa desde hace años, y su baño, apretujándonos frente al espejo. En verano, quizá porque el ambiente general era más relajado y natural, no nos preocupábamos tanto por arreglarnos como en invierno. Raro era el día en que alguna llevaba tacones, y nuestro maquillaje no solía exceder de un simple khôl y algo de colorete, con cacao para los labios. Los únicos adornos y excesos se limitaban a cintas en el pelo, muchas pulseras diferentes y variopintas y algún colgante que Amanda nos hacía con cuentas a las demás.

Bajábamos por la calle principal, caminando mientras nos reíamos, tropezábamos (en el caso de Caroline, sucesivas veces), cantábamos y bailábamos, y posábamos para Carol, que nos acosaba con sus fotografías.

Sería imposible resumir el transcurso de la noche. Bailábamos como locas al ritmo de cualquier música, como si cada noche fuera la primera del verano. Encontrábamos a gente nueva y vieja, revisionábamos amores de verano, nos dispersábamos, y a en ocasiones no nos volvíamos a ver hasta la playa.

El final de la noche era lo mejor.Las cinco tiradas en la playa, adormiladas, diciendo tonterías y riéndonos por una mezcla de somnolencia y resaca. Vernos dese el paseo debía de resultar un pequeño espectáculo: Aireen, de larga melena pelirroja, se reía y empujaba a Caroline, de melena con preciosos bucles dorados, levantaba sus largas piernas mientras cantaba canciones que ella misma inventaba; Amanda, de melena rubia y muy lisa, estaba en el centro, adormilada, y se reía a ratos cuando cogía el hilo de alguna conversación; Marie y yo, de melenas castañas, éramos sin duda las más tranquilas del grupo, y nos sonreíamos escuchando lo que decían las demás. Lo cierto es que ese momento, justo antes de irnos a casa para dormir por la mañana, era para mí el mejor del día.

Después el verano terminaba. Yo volvía a Londres, Caroline se iba a Barcelona, Amanda a Alemania. Las únicas que se quedaban en la laya eran Aireen y Marie. Pero no era lo mismo, y de esa época ya sólo quedan los recuerdos...

Beautiful girl

No era la más guapa. Solía llevar el pelo recogido en una coleta medio hecha, con prisas y que echaba con brío hacia un lado. Sus ojos eran marrones, normales, ni grandes ni pequeños, pero si es cierto (me fijé más tarde cuando Jackie me lo dijo) que con ellos escrutaba cada detalle de lo que veía, y los movía con avidez, buscando siempre algo nuevo que descubrir.

Hasta su nombre era normal. Jane Smith.¿Cuántas Jane Smith debe de haber en el mundo? Seguramente sea el nombre más común que puedas encontrar. Pero nada de eso importó.

Cuando la ví, miraba con interés unas flores en el jardín. Se acercaba y alejaba gradualmente (lo cierto es que en ese momento parecía una loca). Ni se dió cuenta de que me acercaba, hasta que estuve justo detrás de ella. Levantó la cabeza y se dió la vuelta rapidamente, golpeándome en la cara con su melena. Me miró mientras se recogía desordenadamente el pelo con una cinta, y cuando terminó, sonrío de forma brusca y nerviosa.

-Charlie, ¿qué...qué miras?

Yo nunca la había visto con vestido. Y la besé.

VOGUE

El 20 de cada mes. Puntual. Llegaba a las 5.40, justo después de terminar su clase de francés.
Venía a hurtadillas, sin que sus padres lo supieran (siempre consideraron la moda algo tremendamente superficial), y eso se notaba en que entraba de puntillas, abriendo cuidadosamente la puerta, y se acercaba sigilosa hasta la barra. Le costaba auparse en los taburetes altos, porque aunque yo le calculaba 8 o 9 años, era bastante bajita para su edad.

Más tarde averigüé que se llamaba Sybilla.Sybilla Aneeth.Nueve años, "recién cumpliditos", decía mientras apuntaba alto con el dedo , pero se vestía como una persona mayor. Como una persona mayor que vestía muy bien. Bailarinas con broches, lazos de terciopelo, vestidos cuidadosamente escogidos,...

Nada más llegar, sonreía al camarero y le decía muy suavito "un batido de leche, por favor", y en cuanto este se daba la vuelta, se subía al taburete para alcanzar la revista que estaba detras del mostrador. La VOGUE. Primero observaba con tranquilidad la portada, calibrando la fotografía, y miraba con detalle las distintas secciones. Después pasaba lentamente las paginas de anuncios, observando a las modelos con aquellos trajes, aquella disposición,... parecía que quisiera aprenderselo de memoria.

Cuando por fin llegaba al indice principal, llegaba el batido (lo que prueba que no era un café especialmente rapido, porque todos sabemos cuando anuncios tiene VOGUE al comienzo).Y empezaba a sorber lentamente por la pajita de colores, sin quitar los ojos de la revista. A veces en vez de sorber, soplaba y hacía burbujas... después de todo, era un niña.

Para cuando terminaba de leer la revista, el batido había expirado hace una hora. Al terminar, la cerraba cuidadosamente, como si fuera un obra de arte, y la colocaba delicadamente detras del mostrador, aprovechando el momento en que el camarero estaba de espaldas. Después sacaba una moneda del chaquetón, la posaba (si, si, la posaba, ya hemos dicho que era una niña muy delicada) y se bajaba de un saltito del taburete, caminando feliz, moviendo son alegría sus piernas flacuchas, como si hubiera completado una misión.

Y justo cuando abría la puerta, se daba la vuelta, miraba sonriente el local y su clientela, y lanzaba un largo suspiro.