
Nunca dices lo que piensas. Puede ser que algunas veces pienses algo para decir. Pero el pensamiento, la idea pura... eso uno se lo guarda para sí mismo. Así que en el fondo, todos seríamos unos mentirosos si no tuviéramos corazón.
Pero el corazón nos salva. Nos delata, nos obliga a ser sinceros aunque no queramos. Sinceros con nosotros mismos, para empezar, porque muchas veces intentamos engañarnos. Pero él nos ayuda: así, se acelera cuando nos enamoramos y nos sonroja, o se congela de repente y palidecemos cuando algo nos entristece. Y es entonces cuando pensamos "Esto no se me había ocurrido, pero realmente me siento así". Aunque esto último no lo decimos siempre, al menos lo reconocemos.
No intentes negarlo. Tampoco enmudecerlo, porque es testarudo y te ganará siempre. Puedes intentar racionalizar una situación, entenderla, organizarla, hacer listas de pros y contras con bolis de colores,... y buscarás la solución más lógica, la más "madura", la mas razonable. Pero hazme un favor: al final de todo este análisis racional, escucha a tu corazón. Porque te conoce mejor de lo que crees.