
Siempre nos enseñaste a perseguir nuestros sueños, a luchar por lo que queriamos, a no rendirnos nunca. Sólo así, dijiste, conseguiríamos ser felices, serlo de verdad. Quizá yo tendría que haberte hecho caso y haberme enfrentado a muchos de mis temores para ver que detrás estaba lo que realmente quería y que tú, con tu perspicacia, averiguaste al cabo de un par de años. No lo hice, y ahora es tarde para volver atrás y para recuperar todo aquello que hoy me haría feliz. Tampoco me fueron tan mal las cosas, después de todo, pero si te hubiese hecho caso, me habrían ido mejor.
Fuiste de los pocos que logró meternos algo de humanidad entre oreja y oreja, a una edad en que todo lo que decía cualquier mayor nos parecía un rollo insoportable. Pero tu nos penetrabas, con tus ojos azules, llegando a todos nosotros y haciendonos sentir personas, y no críos insoportables.
Por todo ello, gracias, gracias, gracias.
A Óscar, fallecido el 25 de febrero.
Cada lágrima que derramamos por ti es un recuerdo feliz en nuestra memoria.