París


– ¿Eva?¿Evaaa?– nada más entrar en casa, ví la bolsa de la compra sin colocar en la cocina. Había varias cosas que tenían que estar metidas en el congelador. Los helados se habían derretido.

Caminé por la casa con cuidado, hasta llegar a nuestro dormitorio. La terraza estaba abierta y Eva estaba fuera, apoyada en el balcón, fumando. No se había dado cuenta de que estaba detrás de ella.

– ¡Eva, joder, estaba todo fuera de la nevera y..!– Eva se giró. Tenía los ojos vidriosos y me miró fríamente.– ¿Qué te pasa?

– Estoy perdida, Lucas. No se qué me pasa, no se lo que quiero. Estoy cansada, vago sin rumbo, no conozco a nadie aquí. Me paso el día tirada en casa sin hacer nada. Adoro París y sin embargo no soy capaz de salir del rellano para descubrirlo. Yo... no se qué hacer. Me siento sola, abandonada,...

– Pero no estas sola, Eva. Yo estoy aquí, contigo.

– No – Eva me miró fijamente– Tu ya no estas aquí, Lucas. Te fuiste hace mucho.

La miré, y no fui capaz de decirle nada. Así que cogí un cigarro de la cajetilla y me puse a mirar la ciudad del amor con mi ex.

Delicada


Le gustaba verla desde el marco de la puerta. Se colocaba el mandil de cuadros y anudaba un lazo detrás que siempre quedaba perfecto. Después se recogía el pelo con una pinza. Este era su momento favorito. Tenía el pelo corto y por eso siempre se escapaban unos mechones, pero su nuca, blanca y delicada, quedaba desnuda. Le encantaba cuando se cogía los mechones y los retorcía, y se formaban pequeños bucles.

La cocina era pequeña y tenía los muebles lacados de blanco, y cada uno de los tiradores y pomos era diferente. Ella los había escogido en diferentes tiendas y fábricas, y también había traído alguno de sus viajes. La encimera era vieja, y tenía ya varios cortes y marcas. El fregadero era redondo, y en él estaban todavía las tazas y platos del desayuno. La nevera tenía también muchos años, pero como estaba lacada a juego con el resto de la cocina, no pegaban imanes, sino post-its. Con mensajitos de amor, o listas de la compra, o citas con el dentista,... Encima había un frutero blanco con rayas azules. Entre la fruta, ella había puesto flores que cogió de la terraza.

Se quedó mirándola mientras medía la pasta y ponía a hervir el agua. Se escondió cuando fue hacia la nevera para buscar el bacon y la nata. Cuando volvió a la encimera, puso la radio que estaba apoyada sobre los libros de cocina y empezó a sonar "Hot stuff" de Donna Summer. Empezó a tararearla mientras sonreía.

Entonces él entró en la cocina de golpe, y ella se sorprendió, mirándole como a un extraño.

– ¿Qué pasa? Yo también ayudo a veces. Voy a lavar lo del desayuno.

El pacto


Se rompió el pacto. El famoso pacto. Cuando eran pequeños, Karmen y sus dos mejores amigos hicieron un pacto infantil, uno de esos tratos de niños. Nunca fumarían. Fumar era algo asqueroso, te ponía los pulmones negros, te ahogaba. Y ellos quería vivir, vivir siempre juntos.

Daniel fue el primero en empezar. Lo cierto es que su vida siempre fue un poco extraña y diferente. Si empezó o no por influencia de las malas compañías es algo que nunca supo. Puede que si, o puede que sólo fuese una vía de escape de una vida complicada e intranquila. Fumó su primer cigarro a la temprana edad de 13 años. Y dejó de ser un niño con la primera calada.

David fue el siguiente. Quizá el empezó por motivos más comunes. En una fiesta en casa de un amigo, uno te pasa un pitillo y tu piensas “¿Por qué no?”. Sin embargo, fue el que peor acabó. Puede que aplicase ese mismo pensamiento a todo lo que le pasaban en las fiestas, y de ese modo entró en un torbellino de adicciones y autodestrucción, más de lo que su cuerpo podía aguantar. Empezó a los 16 años, pero el ritmo de vida que llevaba, de desenfreno, le impidió llegar a los 20. Falleció pocos días antes de San Juan, su fiesta favorita. Ni Daniel ni Karmen fueron al entierro.

Ella fue la última. Tampoco fue premeditado. En un descanso en la biblioteca, con los exámenes finales a la vuelta de la esquina, consideró que un par de caladas le ayudarían a rebajar la tensión. Tenía 19 años.

Y mientras notaba el humo dentro de su cuerpo, y lo veía salir, se acordó de aquel pacto. Aquel pacto de niños, que había hecho con sus dos mejores amigos de infancia, se había roto. Se acordó de ellos, de los dos. Los recordaba con cariño, y una sonrisa de complicidad se dibujo en su boca. A pesar de que ya no eran amigos, y de que todo había quedado atrás, siempre se acordaría de ellos cada vez que encendiese un cigarro. Y cogió el mechero.

Hipócritas


Apoyada en la pared, Paula jugaba al solitario en su ordenador. Al otro lado de la cama, Demi y Jacob, sentados uno al lado del otro, miraban la tele. El resto del grupo se repartía por la habitación.

Fue un comentario cortante, como era habitual entre ellos, lo que desató la pelea. Los demás ni siquiera se percataron hasta que Paula cerró el ordenador de golpe y salió de la habitación, furiosa. Nadie la siguió, sólo se oyó un portazo y cómo bajaba las escaleras a trompicones.

– Oye, sé que no os lleváis muy bien, pero haz un esfuerzo. Es mi amiga, es importante para mi – Demi miraba a Jacob, y éste la miró de mala gana – ve a pedirle perdón, no seas borde.

Jacob salió y alcanzó a Paula antes de que saliese al jardín. La agarró del brazo mientras ella forcejeaba y evitaba mirarle a la cara. Finalmente se dio la vuelta y le miró a los ojos, directamente. Su maquillaje estaba corrido y se había mordido los labios. Se zafó de Jacob y se alejó.

– ¿Por qué lo haces? ¿Por qué eres así conmigo? Eres una mala persona, una muy mala persona. Eres cruel y mezquino, y mentiroso... – Jacob se abalanzó sobre ella y la besó, rodeándola, alzándola en la pared. Paula le miró, con la voz todavía temblando – Esto está mal, Demi esta arriba. Ella te quiere y a mi me importa. No le hagas esto, Jacob.

– Oh vamos, no seas hipócrita – y volvió a besarla, y se besaron, de un modo desgarrador y animal, con pasión y desenfreno.

– Te odio, capullo – susurró Paula, y sonrió en su boca.

Poppy


Poppy se despertó antes de que sonara el despertador. Abrió los ojos parpadeando muchas veces mientras se acostumbraba a los rayos de luz que se colaban por las rendijas de la persiana. Estiró los dedos de los pies mientras se le dibujaba una sonrisa en los labios, y abrazó la colcha por última vez antes de levantarse.

La madera del piso estaba fría, pero ella siempre se ponía calcetines para dormir, así que le era indiferente. 

Nada más apoyar los pies en el suelo, sonó el timbre de la entrada. ¿El cartero? Imposible, sólo eran las ocho y media de la mañana. ¿La portera? La señora Millavans no acostumbraba a subir a los pisos. Quizá era su madre, o su hermana, y había ocurrido una desgracia.

Se puso el jersey que tenía a los pies de la cama y corrió hacia la puerta de entrada. Al abrirla, se encontró a Damien de frente. Él la miró de arriba abajo, y se quedó mirando sus piernas, desnudas y que empezaban a esconderse la una tras la otra, como hacía siempre que se ponia nerviosa.

- Hola, Pop.
- ¿Qué haces aquí?- preguntó ella mientras le miraba como quien mira a un fantasma.
- Yo.... te echaba de menos Pop.
- ¿Y qué? ¿Qué se supone que significa eso?
- Significa.... que llevas puesto mi jersey- y sonrió, y vio como ella esbozaba una sonrisa pequeñita, de niña, como siempre que perdía una discusión y no quería reconocerlo.