
When I grow up... Isabel Lucas

Ojos azules

– No entiendo que te pasa conmigo últimamente.– dijo Adrien, y se quedó mirándome mientras yo estaba sentada en la mesa de la cocina, con los pies descalzos sobre las baldosas del suelo. Era diciembre, y el suelo estaba muy frío, pero yo estaba demasiado concentrada mojando la galleta en la leche, sacándola una y otra vez, hasta que se rompió. Entonces le miré, y allí estaba otra vez, su mirada.
– Es que me he dado cuenta de que no sé qué hago contigo. Porque yo te quiero, de verdad que sí, pero ¿de que me sirve estar enamorada de un fantasma? Nunca estás, siempre de juerga por ahí, emborrachándote hasta acabar tirado en el portal donde te encuentro por las mañanas. Y cuando estas, ¿para qué? ¿para follar y ya está? No puedo quedarme aquí esperándote siempre, con cara de esposa del soldado. Yo no soy así, … no lo era hasta que te conocí…
– Oye, ¿pero a ti que te pasa? ¿Te ha dado una ida de olla de las tuyas?
– … no, si lo peor es que es culpa mía. Me dejé llevar. Siempre me pasa con la gente con ojos azules. Me ciegan y no me dejan ver a la persona que hay detrás. Estúpida mirada profunda…

Sam

La maison française

América se apoyo delicadamente sobre el hombro de Julian. Se acurrucó y siguió dormitando, mientras que él, a su vez, bajo la cabeza hasta dar con la suya. El viaje en tren estaba haciéndose interminable, y el calor resultaba asfixiante.
La madre de América se abanicaba con un folleto mientras observaba la tierna imagen. Julian era un amigo de la familia desde hacia mucho tiempo, y ella siempre lo había visto como el tío que su hija nunca tuvo. Era simpático y la hacia reír como loca. Julian adoraba a la pequeña.
Lo cierto es que lo que la madre veía como una imagen de cariño casi paternal eran en realidad dos amantes recostados. Dos personas que, en los rincones más ocultos de una vieja casa francesa, se habían entregado sin reparos, más por no contener el deseo que por un amor o una pasión claros. Ella le provocaba, él le seguía el juego. En las largas tardes de verano, cuando el calor pegaba la ropa a su piel brillante y joven, entre los viñedos, con sólo un camisón, ella le esperaba. Y el siempre acudía a ella. La necesitaba.
Pero eso había quedado atrás hace mucho. Lo que empezó como un juego ocasional entre una niña y un joven se había convertido en una relación de más de cuatro años. Cuatro años de encuentros furtivos, de falsas excursiones escolares, de un deseo ardiente que poco a poco se transformaba en amor, en abandonar la cama para hablar en el salón, en una extraña complicidad cuando se reunía toda la familia.
Era cierto, Julian adoraba a América.