The Sweden Girl


Era sueca. No podría haber sido de otra forma. Tenía el pelo muy rubio, de ese color al que sólo le falta clarearse un poco para convertirse en canoso. En el momento en que la conocí, bebía lentamente una taza de té en una pequeña cafetería en las afueras de la ciudad. No era un local especialmente encantador: las mesas y las sillas eran de metal, y en un intento de hacerlo más agradable, su dueña había colgado estampitas y postales con celo en la parte posterior de la barra.

Pasó una página más de la revista, provocando que mi pelo se moviera my sutilmente. Estaba lo suficientemente cerca suya como para percibir su perfume, muy suave, con notas florales muy delicadas.

Quizás mi taburete rechinó, o mi nariz se movió de un modo suspicaz intentando captar mejor su fragancia, ...sea como fuere, se apartó con un soplido el flequillo de la cara y, mirándome fijamente con unos intensísimos ojos grises, me dijo:

-¿Quieres que compartamos la revista? Porque pareces muy interesado en este artículo-

Y en aquel momento, justo después de noquearme con su irónica sonrisa, Katja debió de pensar que yo era mudo.

La familia del tío Frankie


"¿Sabes? Me recuerdas a mi tío Frankie", me dijo Juliette mirándome muy fijamente mientras encendía un cigarrillo.

A pesar de que llevaba ya diez años viviendo en nuestro país, seguía teniendo ese acento francés que, combinado con su boca, hacía que todo lo que dijese resultara interesante para mi. Hasta su tío Frankie.

"Mi tio Frankie vivía en una enorme casa de la Provenza. La compró al casarse con su primera mujer, Ellinor. Ella era inglesa, creo, y era una gran mujer. No era buena persona, pero si una gran mujer. Era la madre de mi prima Ellie. Ellie, una niña terrible. Recuerdo que Ellie siempre cogía cigarrillos de la pitillera de su madre, y después nos ibamos a deambular por el bosque. No se si mi tia se enteraba... el caso es que nunca le dijo nada. Murió cuando Ellie tenía doce años.Después mi tio se volvió a casar, con una española, María. María era más tranquila que Ellinor. Ellie nunca le tuvo demasiado cariño, ni a ella ni a sus hermanastros, León y Amelia. Los trataba como si fueran invitados, que se iban a marchar en un par de semanas. Pero ella terminó yéndose antes..."







Verano 2oo8



Este ha sido mi verano de transición entre el instituto y la universidad, y los viajes, las aventuras de verano, la sal y la arena de las playas en la piel y las salidas nocturnas me han tenido felizmente ocupada :)


Con la llegada de un otoño precoz, vuelvo a escribir mis historias, cuentos y relatos cortos. Ojalá los disfruteis tanto como yo mientras los imaginaba, y por supuesto, espero ansiosa cada uno de vuestros comentarios, que me hacen siempre tantísima ilusión.





Muchas gracias y feliz rentrée!!

:)

La vieille femme


Mientras se tomaba la sopa de pescado, Marguerite Dupont giró la cuchara pretendiendo, como hacen los niños pequeños, ver su reflejo girado en ella. Aquella cuchara de plata pertenecía a la cubertería de su ajuar de bodas, y tenía por tanto más de 50 años. El cubierto ya no reflejaba su imagen: su superficie estaba rallada, y el pulido había desaparecido hace mucho tiempo, fruto de los estropajos. Ya no brillaba, pero seguía siendo hermosa. Antes siempre guardaba esta cubertería para los eventos especiales. Pero cuando cumplió 70 años, consideró que el día a día ya era algo especial, y empezó a utilizarla diariamente.

Monsieur Dupont había fallecido muchos años atrás. Sus hijos ya se habían casado y tenían vidas propias en diferentes ciudades. Las visitas se espaciaban y ya sólo los veía dos o tres veces al año. Marguerite estaba sola. Seguía viviendo en un antiguo edificio en una pequeña calle de París. Paseaba por la calle o iba a los jardines, hacía los recados, se apuntaba a cursillos,... intentaba mantenerse ocupada.

No había hecho grandes cosas en su vida. Había sido una mujer normal, con problemas de gente corriente. A veces tenía días grises, y pensaba que ya estaba harta de vivir, sola, y se sentía desgraciada por no tener a nadie, y verse a si misma como una de esas mujeres mayores (esas "vieilles femmes") que tanto había detestado hace ya muchos años, y que sólo parecían saber pasear y tejer.
Después se lo pensaba mejor. No había hecho grandes cosas en su vida, pero aún estaba a tiempo. Y soñaba con ser, por ejemplo, la mujer más longeva de Francia...

Sarah


Cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. Huía de casa, prefería estar sola en la calle hasta muy tarde, cuando sus padres ya dormían y ella podía acostarse sin sentir ningun mirada de odio clavada en la nuca.

Nunca se lo dijo a nadie. Sintió que quizá debería contárselo a sus amigas, ellas la querían y sabía que la apoyarían y entenderían. Pero nunca la comprenderían. Sentirse mentirosa, despreciada, odiada y rastrera cuando entras en tu hogar es algo que nadie debería comprender.

Y quizá porque estaba ya tan acostumbrada, cada vez pasaba con más facilidad de la indiferencia al odio. Al odio profundo, y eso le dolía. Porque nadie debería albergar tanto odio en su corazón, un odio que amargue hasta a la persona más dulce. Pretendía consolarse pensando que ese odio era el que había recibido y acumulado a lo largo de los años. Y eso la enfurecía aún más. ¿Por qué la odiaban?

Y un día, en uno de sus largos paseos sinsentido, en que sus manos se cerraban cada vez más frecuentemente formando puños, su ceño se fruncía y soltaba un desagradable "¿qué miras?" a cualquier transeúnte un poco despistado, lo vió. Nunca se habían hablado, llegando a despreciarse mutuamente, pero en aquel momento relajó sus manos y caminó con paso firme hacia él. A pesar de no llevarse bien, a pesar de mantener una relación inexplicable de complicidad no acordada, sabía que él siempre estaba allí. Aunque estuvieran las amigas, aunque estuviera el resto de su familia... él siempre estaba allí, en silencio.

-Jamie, estoy mal...

Y Jamie la abrazó en silencio, muy fuerte, y espero con paciencia a que todo el odio que Sarah tenía saliese de su interior.